domingo, febrero 05, 2006
jueves, diciembre 15, 2005
Del cuaderno de notas del fotógrafo Robert Doisson
viernes, noviembre 11, 2005
Diálogo sobre la herida
ELLA: La memoria se esconde o se entierra, o a veces parece borrarse como borrábamos la solución errónea de un ejercicio en el colegio. Pero siempre quedan las marcas, una huella en el papel, imborrable, apenas basta la punta del lápiz para que vuelva a aparecer el error, escribir encima sólo empeora las cosas.
Diez mandamientos
- Amarás a Cortázar sobre todas las cosas.
- No tomarás el nombre de un escritor en vano.
- Santificarás tus lecturas.
- Honrarás a tu pluma y a tu cuaderno.
- No plagiarás.
- No escribirás Best Sellers.
- No robarás una idea para un libro.
- No dejarás de fabular ni un solo día.
- No consentirás el desánimo ni la pereza.
- No codiciarás las novelas ajenas, salvo que sean excepcionalmente buenas.
jueves, octubre 06, 2005
Del diario de Amalia
Miércoles, 5 de octubre:
Desde hace unas semanas arrastro una inquietud casi perpetua, como una cuerda de guitarra que no cesa de vibrar aunque nadie la pulse, algo ya cotidiano, parte del presente, como el retrato de mis padres en la mesita de noche o ese cuadro en la pared que ya nunca miramos.
La realidad por las mañanas aparece siempre derrumbada como un castillo en la playa convertido en una montaña amorfa de arena. Todo hay que volver a montarlo, para que cobre sentido, con infinito esfuerzo, como si mis músculos estuvieran atados a una cuerda elástica que dificultara los movimientos y los ralentizara. Pero las piezas que poco a poco voy colocando, con una constancia intermitente y dolorosa, van cayendo de nuevo al caos, vuelven al caos y pierdo la esperanza de conseguirlo. Soy un Sísifo recluido en su casa, sin poder salir, un Sísifo que con el tiempo ha hecho suya esa negación, esa privación, y no quiere -no desea ya- salir.
martes, septiembre 27, 2005
En un lienzo
Pero siempre acabas manchando los lienzos con la imagen de un gato que juega, a veces algún perro que duerme, y otras veces esas flores del jardín, plantadas por tu madre y que tú tanto cuidas. Te gusta cuidar esas flores, Amalia, te gusta tanto como cuidar de la casa y de tu madre, de tu madre enferma que a veces se pasea por la casa y te observa mientras pintas, mientras pintas un gato, o un perro, o unas flores.
viernes, septiembre 16, 2005
Una vez más
De pronto te has callado y el silencio se abre y se deshoja entre los dos, se sienta sin permiso en nuestro banco.
Y después nada: un volver a casa y un preparar la cena, y el televisor saltando de un canal a otro, y los últimos cigarrillos del día, y el silencio que nos une en el deseo de dormir para que todo, una vez más, desaparezca.
viernes, septiembre 09, 2005
Una nota encontrada
Encontré esta nota en el suelo de su celda. Creo que deberías conocerla. A él le hubiera gustado:
A veces necesito hacerme daño, arañarme en un brazo hasta sangrar, y levantar un poco la piel hasta tirar de ella y convertirla en un jirón como de tela que supura sangre.
Otras veces me golpeo en un oído con la mano abierta, sintiendo el vacío que vuelve a cada golpe, cada vez más fuerte, cada vez más denso el zumbido, ahora con el puño cerrado, ajeno en su automatismo a las punzadas del dolor, hasta que el vacío es completo y sólo existe ese silencio espeso como de aire sucio y niebla, y me veo en el suelo llorando como un niño.
jueves, julio 14, 2005
Después del cine
Pero ahora te has parado y observas a una pareja que discute y grita en la calle. Somos nosotros hace dos o tres años. Yo también te abracé y tú también llorabas. Ahora ella ha conseguido soltarse y se marcha corriendo. Yo tampoco tuve el valor de seguirte, de agarrarte de un brazo y no soltarte.
Pero no, hace rato que tú y yo no somos esos vagabundos que discuten y que ya no existen, ahora somos esos jóvenes que han pasado a nuestro lado cogidos de la mano, porque estamos dando un paseo después de ver una película que en realidad no hemos visto.
martes, junio 14, 2005
Sombras
Pero él ya se ha puesto encima de ella y está besando su cuello, está lamiendo su cuello que se eriza y se tensa. Y ella ha girado su cabeza y está mirando la lámpara sobre la mesa de noche, como si por primera vez la viera, como si nunca hubiera estado allí o ahora fuese otra lámpara, o como si ella fuese otra persona debajo de Horacio que ha empezado a moverse sobre ella.
Ella siente la saliva en su cuello, una saliva que se mezcla con las sombras del cuarto, con la infinita variedad de matices y luces que proyecta la lámpara sobre el cuarto, y Horacio ya no está encima de ella, ahora está detrás de las sombras, agazapado en la penumbra, corriendo a refugiarse en otra sombra, desnudo como ahora sobre ella.
Pero no están solos en la habitación. A través del espejo del armario está viendo a una mujer tumbada en una cama con un hombre encima. Ambas mujeres se están mirando. Pero no se reconocen, son muy distintas. La mujer del espejo sonríe, y a cada nueva embestida, tensa el cuello y las piernas y jadea. Pero Lucía no está sonriendo, ni jadea, ni su cuello se tensa. Está mirando las sombras de nuevo, las sombras y penumbras gigantes proyectadas en la pared y que se mueven y que pronto desaparecerán cuando Horacio termine y vuelva al lado de su cama y apague la luz y todo desaparezca.
sábado, mayo 28, 2005
Mientras duermes
martes, mayo 17, 2005
Sé que estoy sola
Todas las tardes vuelve el mismo hombre. Pasa las horas mirando los cuadros y mirándome, y luego los cuadros y luego mirándome. Me gusta. Me hace sentirme el cuadro más hermoso de la sala.
Él no sabe que yo también le miro, que le observo, que miro su gabardina de funcionario gris, la camisa a cuadros que escogió su mujer y los calcetines verdes por el día del Padre.
Sé que me miras, que hoy también has vuelto para verme, que en tu cabeza se mezclan las pinceladas brutales y mi pelo, los rostros desencajados de rasgos difusos y el azul de mi uniforme que te ruega que me hables.
Pero no, no es cierto. Hoy no has vuelto. Estoy sentada y nadie me mira. Y sé que estoy sola.
martes, mayo 10, 2005
Gustavo Letelier
Se pasó la mano por la nuca intentando aplacar el leve dolor que ahora comenzaba y que le podría distraer a lo largo de las horas de escritura que le aguardaban. El dolor de nuca desapareció. Todo estaba dispuesto ya para que la creatividad le inundara por completo y se derramara a borbotones sobre el papel impoluto.
Cogió la pluma. Quitó el capuchón con delicadeza y lo dejó al lado del papel. Se dio cuenta de que no estaba paralelo a los bordes del papel y corrigió su posición hasta conseguir una razonable “paralelidad” entre ambos objetos. Pensó en esa palabra, paralelidad. “No existe”, se dijo. Y le sobrevino un pensamiento que le pareció genial: “podría escribir un texto con palabras inventadas pero cuya conjunción de sonidos recuerde a un idioma real”. Al instante la sonrisa se le cayó de la cara. “Ya lo hizo Cortázar en Rayuela”. Se levantó de la silla de un salto, nervioso. Encendió un cigarrillo y, envuelto en humo, paseó por la estrecha habitación. De pronto se dio cuenta de que el cartapacio no estaba alineado geométricamente con los bordes gastados del escritorio. Con un dedo, lo movió levemente. Esta corrección le obligó a modificar la orientación de los folios en blanco que reposaban encima del cartapacio, y por tanto también le obligó a mover de nuevo el capuchón de la pluma para que estuviera en perfecta paralelidad (la ocurrencia le hizo sonreír) con los bordes del papel. Todo en perfecta geometría; estéril, pero geometría al fin y al cabo.
Apagó el cigarrillo en un cenicero repleto de colillas y volvió a pasear. Se paró en seco porque había empezado a barruntar algo en su cabeza. Poco a poco la idea fue tomando forma. Se abalanzó sobre el escritorio, tomó la pluma y, con un gesto de felicidad en la cara, comenzó a escribir:
Después de suspirar profundamente, Gustavo Letelier se encontraba más tranquilo. Estaba ya en condiciones de ponerse a escribir. Desenroscó la pluma para cerciorarse de que ésta tuviera tinta suficiente...
Siempre está parada
Siempre está parada, como ralentizada su mirada y su pensamiento. No se mueve. Los músculos han perdido la conexión con la voluntad y vaga en un espacio indefinido y sola. Los ojos muy abiertos, el gesto congelado y la boca caída, descuidada, como si las imágenes de su conciencia fueran más poderosas que la luz que entra por la ventana tajando la pared y la mesa y su vestido.
Está soñando con los ojos muy abiertos, con un cierto rictus de pavor en el rostro iluminado, como si quisiera escapar de las imágenes que la atormentan y no encuentra la salida o corre pero no avanza porque es una pesadilla y en las pesadillas nunca se avanza aunque se corra mucho.
Está sentada, frente al sol que aún inunda su cuarto, las largas y amplias faldas sobre la silla metálica de siempre. Y la cabeza en dirección a la ventana abierta que da a la calle ahora desierta, pero ella no mira la calle ahora desierta aunque tenga los ojos muy abiertos.
Parece como si los pensamientos pasaran como sombras sobre su cara callada y quieta, como si pudiéramos saber qué está pensando por el simple movimiento -tan leve- de los ojos.
jueves, mayo 05, 2005
...
ser la tela de araña de tus sueños.
Qué afanoso deseo
de ser aire en el vuelo de tu falda.
Éramos tan críos
lunes, abril 25, 2005
Discusión de lo más barriobajera
Dado su interés lingüístico, filológico y social, reproducimos aquí el diálogo mantenido por tan eximios catedráticos.
DON HÉCTOR: No puedo negar que su impericia al volante no hace justicia a su encomiable docencia en estas aulas.
DON SANTIAGO: Disculpe usted, Don Héctor. El envite trasero a su automóvil se ha debido más bien a un error de cálculo métrico.
DON HÉCTOR: ¿Cálculo métrico? Me río de su facecia, Don Santiago. Tamaño empellón no he visto en mi anchurosa vida.
DON SANTIAGO: No se ponga usted finústico, Don Héctor...
DON HÉCTOR: ¡Finústico dice el camastrón! Si mis sesos se han pegado al sincipucio y por poco me deja zurumbático perdido.
DON SANTIAGO: Veo que hace usted buen uso de la facundia y las martingalas a las que tiene acostumbrados a sus pupilos.
DON HÉCTOR: No tanto como usted hace uso de trápalas y añagazas más propias de un camandulero que de un aspirante a Decano.
DON SANTIAGO: Ya me habían advertido que usted era un poco zorrocloco y mandilón.
DON HÉCTOR: ...Y usted un gurrumino con pinta de falsario y pisaverde.
DON SANTIAGO: ...habló por fin el estafermo de vesánica prosapia...
DON HÉCTOR: ¡Es usted un bodoque!
DON SANTIAGO: ¡Y usted un gaznápiro!
Don Héctor y Don Santiago llegaron a las manos. Fueron separados por un grupo de estudiantes emporrados que al grito de “¡Haya paz, troncos!” consiguieron desengancharlos.
domingo, abril 24, 2005
El coleccionista de elogios
miércoles, abril 20, 2005
¿Te acuerdas, Teresa?
Recuerdo que tú acabaste riéndote de mi desgracia, de mis lágrimas: yo estaba en la orilla llenando un cubo de agua con el que hacer un foso que rodease al castillo para que ningún ladrón pudiera entrar en él, y justo cuando me di la vuelta y eché a andar hacia ti, empezaste a mover los brazos y a gritarme que corriera, que saliera del agua, con un nerviosismo que ya conocía y que sólo calmaban los besos de mamá. Yo me paré riéndome de tus gestos: me parecían graciosos, cuando una ola a mis espaldas me cubrió por completo. Yo veía todo azul y blanco y sólo podía oír el ruido del miedo. El agua olía a sal y a quemazón roja en la nariz. Me vi en la orilla sentado por la fuerza de un mar al que yo había tratado bien y no entendía por qué me había golpeado de esa manera, con una furia acumulada para herirme. Me puse a llorar de miedo y vergüenza y rabia. Y tú te reíste. Te reíste, Teresa, ¿te acuerdas?, con esa sabiduría de hermana mayor, aunque fueran dos años, como una futura madre que nunca pudiste ser y que los hijos, que no tuviste, no llegaron a disfrutar.
sábado, abril 16, 2005
El quiosco
Dentro de los escasos dos metros cuadrados que componen su lugar de trabajo, y viendo el mundo a través de una ventanilla parcialmente enrejada, como un confesionario de pasiones y azúcar, trabaja un hombre gordo de movimientos perezosos y ojos de vaca: el típico gordo que le gusta que le cabalguen para no moverse ni cuando folla.
Lleva siempre el pelo repeinado, como si eso pudiera arreglar la fealdad insípida de su cara alelada, a punto de caérsele un hilillo de baba de la boca dormida. Era algo así como un gordo prematuro con los vaqueros caídos desliéndole el culo.
jueves, abril 14, 2005
Vida
La vida se nos va escapando entre las manos como un jabón resbaladizo que salta por la ventana y estalla en el suelo de un patio repleto de promesas que hemos ido olvidando.
Me susurras al oído: «No siempre entiendo el argumento de esta película que llaman vida.»
miércoles, abril 06, 2005
Nubes carmín sobre un cielo azul labio
Has olvidado decirme que no me quede callado mientras el café se enfría entre tus labios, mientras la música de las mesas resuena en tus oídos, en la tela de luz de un vestido que ya no es tuyo.
jueves, marzo 31, 2005
La forma de los besos
Observo la forma de los besos que delatan la dulce relación de las personas, los odios soterrados, los amores imposibles, los compromisos de besos nerviosos y de mirada huidiza, las pasiones que reviven al menos un segundo para después morir en el tedio cotidiano de la costumbre, las relaciones generalmente felices entre un hijo y una madre, la despedida hacia una nueva vida, olvidando la anterior, queriendo olvidarla, la alegría de un viaje que ahora comienza, o el cansancio gris y el sudor a plástico de los viajes demasiado largos.
jueves, marzo 24, 2005
Debo elegir ahora
en esta encrucijada de silencios,
entre el sordo horizonte
de colores opacos
y fina lluvia blanca,
y la música incierta
de signos en el aire.
domingo, marzo 13, 2005
miércoles, marzo 02, 2005
Amarga decepción
de mármol moldeada.
Y esa luz que se apaga.
Y esa sed que se agota.
Y ese amargo fracaso
de dedos que se cansan,
que pesan como piedras.
martes, febrero 22, 2005
Otra vez
Necesito un paraguas de colores para protegerme de tus lágrimas, para no verme resbalar por tu mejilla, para no convertirme en el surco que han dejado tus pies en el felpudo.
lunes, febrero 21, 2005
Cada día
martes, febrero 15, 2005
Lo siento
la terquedad de voz desagradable,
el timbre de campana del agravio,
la dura soledad
de una ausencia de abrazos.
Lamento lo ocurrido.
Y lo siento.
viernes, febrero 11, 2005
No entiendo de renuncias
No entiendo de renuncias, yo que tantas veces he renunciado.
No entiendo esos momentos en los que nadie puede consolar un estado de absoluta soledad irremediable, yo que tantas veces me he sentido inconsolablemente solo.
No entiendo de tantas gravedades, yo que he sentido tantas veces la gravedad de lo que con esfuerzo se transforma en viento.
No entiendo qué te pasa, pero lo entiendo tan claramente...
